Como con la mayoría de super-hits del siglo XX, los argentinos se adueñaron y se apropiaron de la autoría de una de tantas formas de manipulación masiva: el fútbol. La política chunga de verdad, la prensa sensacionalista, la psicología barata, los corralitos y las exageradas devaluaciones monetarias -recuerdo que mi abuelo, gran viajador, me contaba que en las tiendas argentinas allá por los '80, al acabar de poner las etiquetas de pvp en un artículo, el trabajador volvía al comienzo de la estantería y repegaba una nueva etiquetita con un precio más alto, por supuesto-; todo lo que pasa por sus manos se convierte en oscuro, engañoso y de difícil comprensión. El fútbol no podía se menos.
Nos hicieron creer que tan sólo se podía escoger entre Bilardo y Menotti; esas debían ser las dos formas de comprender el deporte rey. Luego Cappa y Valdano pretendieron continuar con el jueguecito, con sus corbatas de Hermes y su verbo fácil siguieron dando publicidad a esa dicotomía, a ese invento suyo de los dos "fútboles".
Años más tarde, y para defender a su nuevo dios-Messi, nos intentan colar de nuevo ese enfrentamiento: Pep y Mou; Chelsea y Bayern, Barsa y Chelsea. El fútbol y en Anti-fútbol.
Que un equipo de veteranos, mercenarios, peseteros y tipos duros al enésimo intento sean capaces de ganar la Champions no hace más que engrandecer a este deporte que, para los que se consideran puristas, debería huir de miraombligos altivos, comeorejas arbitrales y complicados tácticos de pizarra.
No soy fan del Chelsea, y espero nunca serlo; soy fan del fútbol y espero serlo durante muchos años. Con Chelseas y Barsas.
En el bosquecillo ése de la derecha de la foto, más o menos en el saliente, donde se ve un puntito.
El del puntito soy yo.
La de al lado se llama Jean y es de Houston, Texas.
Sí, ya lo sé, se me ve un poco despeinado, pero a estas horas del día -o de la noche, porque ya he perdido la noción del tiempo- los detalles morbosos no cuentan, sobretodo cuando la mayor parte de la jornada la paso agazapado tras una mata esperando a ver si salta alguna lampuga que rompa la monotonía o que la Jean de turno me sacuda del barbecho.
Bueno, un saludo.
Lo estoy pasando mal.
Mal no, puta. Lo paso puta.
Aquí la prima de riesgo está por las nubes y hay un tipo en la playa que dice que si no fuera por el gol de Iniesta estaríamos ya en el hoyo.
Yo, ni caso, o como mucho, le meto alguna ostia en la oreja.
Por cierto, lo del cambio climático debe de haber llegado por aquí a tope, porque "ase una caló"...
Definirlos como de mal gusto sería alabarlos. Estos serán los uniformes "de bonito" que lucirán nuestros deportistas en lo JJ.OO. de Londres este año. La puesta en escena, acorde al producto, es más propia de un chino de Vallecas. Una imagen apocalíptica, atemporal -¿de qué año son esos diseños?- y depresiva; unos maniquíes dejados de la mano de dios, allí tirados al sol. Sin duda un presagio de lo que puede ocurrir este verano.
Me gustaba cuando Raúl la besaba. Todo no se puede tener...
Se terminó la liga más aburrida del mundo; la del 5-0 / 0-5 de los últimos años reconvertida en un toma-y-daca tan desgastador como enfermizo entre los dos máximos (y únicos) aspirantes a ganarla. Se terminó la angustia del Madrí y la agonía del Barsa. Se terminó la lucha, se terminó la loca carrera de los 100 goles, los 100 puntos y los 100 incendiarios titulares. Se terminó también el odio.
No es necesario cantar las bondades de las nuevas formas de comunicación surgidas los últimos años: Twitter, Facebook, SMS, Whats'up y otros nos sirven como medios de información directos, de primerísima mano, como divertimento para tiempos muertos, como vía de escape de tanta basura televisiva; pero también como aspersores de odio. De odio inmediato.
Diez segundos después de fallar Ramos el penalty y marcar el alemán el definitivo: Bip, Bip. Un Whats'up: "Campeones, campeones, oe, oe, oeeeeee". Así, en frío. Directo y cortante. Fue el último de una gran lista. Fue el último de muchos años de odio en píldoras de inquina. Fue el último de una época que recordaré, seguro, con amargura y con un nudo en la garganta.
De pequeño -y de joven también- viví victorias y derrotas de mi equipo, pero las viví en frío, en el patio del recreo o en el bar, cara a cara con mis amigos -y remarco lo de amigos porque igual que en mi casa, en mi Whats'up no entra cualquiera- con las armas y los escudos de la cercanía, con los gestos de complicidad de unos y los de cabreo de otros, con una caña o un trozo de bocata por en medio. Ahora ya no, ahora suena un insultante ruidito y chas: el odio inmediato; el que te deja herido de muerte y sin armas, el que te hace saborear la bilis y el que te da la estocada.
No soy capaz de recordar cuándo comenzó todo. Recuerdo los titulares, los puntos álgidos, pero no un comienzo claro. Recuerdo que paseamos nuestra deshonra por campos de tercera en los que nos enchufaron cuatro, recuerdo a la reina de corazones gritando fuera de sí al rubio entrenador un "Que le corten la cabeza!!!" con babas de furia por decir lo que todos pensaban, recuerdo cadáveres exquisitos sacados por la puerta de atrás y ahora renacidos con homenaje estrepitoso uno o con el dinero de rusos aburridos otro, recuerdo golpes duros al corazón de promesas inmediatas con apellido de cazagoles, recuerdo empates sufridos en faltas en el minuto 90', recuerdo derrotas, recuerdo penaltis fallados, recuerdo declaraciones fuera de lugar, recuerdo tantas cosas y todas ellas con su inseparable Bip, Bip de odio inmediato.
Amo al Madrí, no diré aquí si igual que a mi mujer -por ejemplo- que, a pesar de que ella no lee este blog sus amigas sí lo hacen, pero amo al Madrí. De recién nacido, entre la vacuna del tétanos y la polio, me pincharon un virus tan fuerte que me dejó una huella más fea y duradera que la luzco en el brazo, me dejó un pequeño soplo en el corazón del que no me puedo olvidar cada vez que mi equipo gana o pierde. Amo al Madrí, y no sé como actuar ante los que lo odian.
Estos últimos años de SMS y Whats'up no me han gustado; yo los he odiado también, aunque no he tenido a nadie a quien enviarle mi pildorita de inquina. Gracias a dios.
Y para terminar de forma más homosexual, si cabe, este post le daré un consejo al encargao de los altavoces del Bernabeu: A partir de ahora pon esta canción cuando acabe mal un partido. Quizás los de la tribuna con calefacción no lo entiendan, o no lo aprueben, pero los millones que estamos fuera del estadio, sufriendo, sí lo haremos.